De enero a septiembre, el aeropuerto de Samaná (El Catey) recibió 63,672 turistas extranjeros, según el Banco Central, frente a 34,947 un año antes: un 82.2 % más. En septiembre, su ocupación hotelera estaba 20 puntos por encima de la del año anterior. Es, con diferencia, la zona que más crece del país.
Son cifras que cualquier destino querría. Pero conviene recordar de dónde parte Samaná: de una base pequeña, con una oferta de habitaciones muy lejos de la del Este. Cuando algo pequeño casi se duplica, lo que se pone a prueba no es la demanda, es todo lo demás.
«Crecer es lo fácil. Lo difícil es crecer sin perder lo que te hizo especial.»
Lo que el crecimiento pone a prueba
El personal, primero. Si Bávaro y La Romana ya compiten por la misma gente, Samaná no puede depender de traerla de fuera. La escuela de Infotep en Sabana de la Mar, al otro lado de la bahía, es una pieza clave que hay que aprovechar a fondo.
Los servicios, después: agua, energía, gestión de residuos, transporte. Y el producto: Samaná no debería venderse como un todo incluido más: su fuerza es su naturaleza, sus ballenas y su escala humana. Si el crecimiento la convierte en una copia de otros destinos, habrá ganado turistas y perdido su razón de ser.
Planificar ahora, no después
Mi propuesta es que el crecimiento de Samaná se planifique con datos por delante: cuántas habitaciones, de qué tipo, con qué personal formado y con qué servicios. Que la comunidad participe y que cada apertura llegue con su plan de empleo local.
Samaná tiene hoy algo que pocos destinos tienen: la oportunidad de crecer sabiendo cómo crecieron los demás. Sería imperdonable no aprovecharla.


