Según el Banco Central, el turismo ingresó US$6,716 millones en el primer semestre. Los ingresos crecieron un 15.3 %; las llegadas, un 7.9 %. La proyección para el año supera los US$12,500 millones.
Pero que el dinero crezca casi el doble que los visitantes tiene dos lecturas, y no son la misma. La buena: estamos vendiendo mejor, con más valor por huésped. La preocupante: estamos vendiendo lo mismo, solo más caro.
«Subir el precio es fácil. Que el huésped sienta que vale lo que paga, no.»
Las señales que hay que mirar
En septiembre, los precios de restaurantes y hoteles subían un 7.66 % en un año, frente a una inflación general del 5.12 %. En 2025, el turista gastó US$170.94 al día, lo más alto de la década, pero su estancia media bajó a 7.85 noches, la más corta en diez años.
Gasta más por día y se queda menos. Eso puede ser un huésped de mayor poder adquisitivo, o un huésped que compensa el precio acortando el viaje. La diferencia importa: el primero vuelve; el segundo compara.
Valor, no solo precio
Desde Alimentos y Bebidas se ve con claridad: el cliente acepta pagar más cuando entiende por qué. Una carta que cuenta el origen de lo que sirve, un servicio que recuerda su nombre, una experiencia que no encuentra en otro destino. Eso es valor. Subir la tarifa sin cambiar nada de lo anterior es solo precio.
Mi propuesta es sencilla: que cada hotel mida, además de su tarifa media, lo que el huésped dice que recibió por ella. El crecimiento de los ingresos es una oportunidad para invertir en producto, en personal y en experiencia. Si lo usamos solo para cobrar más, el próximo ciclo nos lo cobrará a nosotros.


